El autoconocimiento: La esencia de una dirección efectiva

El autoconocimiento: La esencia de una dirección efectiva

Antes de dar la vuelta al mundo, da tres vueltas por tu propia casa
Proverbio chino

¿Dónde ponemos el foco de nuestra atención mientras vivimos? ¿Hacia dónde dirigimos nuestros esfuerzos cuando las cosas no marchan como deseamos? ¿Nos focalizamos en lo externo, en el otro, en el contexto, en las circunstancias, etc.?
Una buena parte de nuestras energías las invertimos en producir impactos deseados a nuestro alrededor. Eso es lícito, natural y no necesariamente negativo. La cuestión es si estamos orientando nuestro esfuerzo en la dirección adecuada. La respuesta, para la mayor parte de los casos, lamentablemente es NO.

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Por cultura, quizás por aprendizaje personal, quizás por herencia…o más bien por un cóctel de variables diversas, sea como sea, a la hora de dirigir personas, con más frecuencia de la deseada, iniciamos el camino de desarrollo desde el punto cardinal erróneo. Albert Einstein, nos recordaba la necesidad de hacer cosas diferentes para obtener resultados también diferentes; sin embargo, nos empeñamos en situar la responsabilidad del cambio en lo ajeno. La creencia firme de que “es el otro es el que ha de actuar de modo distinto” nos lleva a la autolimitación, a la ceguera psicológica respecto a lo que ha de cambiarse. Además, desde esa perspectiva estamos obviando un concepto nuclear en el ejercicio del liderazgo: la influencia.
Desde el momento mismo en que aceptamos el rol directivo, estamos en el punto de mira de todos nuestros colaboradores; a partir de ahí, seremos arte y parte de las influencias que reciben. Todo cuanto hacemos y decimos tendrá un impacto en los demás. Conocerlo ha de ser un imperativo ineludible para quienes dirigimos. Pero ¿qué hacemos con lo observado y recogido?
La respuesta sólo puede apuntar hacia una dirección: analizar cuál es nuestra cuota de participación en ello. Necesariamente hemos de asumir y aceptar el calado que dejamos a nuestro alrededor, porque lo queramos o no, desde el rol que ejercemos, influimos de forma permanente; conseguir influencias resonantes y positivas, ha de ser el horizonte de nuestro camino.
A tenor de esto, la primera dimensión que trabajamos en nuestros programas de Desarrollo de Liderazgo, es el Liderazgo Personal y la primera acción a tomar por parte del directivo que esté interesado en crecer en esta competencia, es la toma de conciencia acerca de su actuación y de los efectos derivados de ella. Exponemos algunas cuestiones importantes para trabajar en el Liderazgo Personal:

1. Explorar nuestro interior.

Atesorar nuestras fortalezas y reorientar nuestras debilidades. Esa ha de ser nuestra misión para con nosotros mismos. Nuestro requisito inicial: voluntad para explorar nuestro interior, para revisar cómo pensamos, cómo sentimos, qué hacemos.
Con esa misión y disposición, trataremos de identificar cuáles son aquellos aspectos de mi conducta por los que aporto valor a lo que hago y a las personas con las me relaciono. Con el mismo empeño, trataré de detectar aquellos aspectos de mi comportamiento que encuentran más obstáculos, dónde me siento más incómodo o inseguro o dónde percibo que mi aportación de valor es escasa. Este autoanálisis aportará mayor claridad acerca de lo que he de preservar y dónde tengo que poner el foco de atención, a fin de introducir mejoras.
Podemos usar para esta labor de autoconocimiento diversas fuentes de información: la propia (mediante auto observación y reflexión) instrumentos psicológicos, instrumentos de evaluación competencial 360º, etc.

2. Identificar las claves de nuestro comportamiento.

Una vez determinado lo anterior, el siguiente paso será más profundo: comprender el origen de las propias reacciones, el por qué del comportamiento que exhibimos. No siempre somos conscientes de cómo hemos actuado y mucho menos de las razones que han generado nuestro comportamiento, debido sobre todo a que la conducta humana es ciertamente compleja. La Psicología Cognitivo-Conductual nos ofrece un marco concreto para entender el propio comportamiento, basado en tres dimensiones:

A.- Nuestros Pensamientos: se trata del discurso que nosotros mismos nos ofrecemos acerca de lo que vivimos, sea pasado, presente o futuro. Las autoverbalizaciones sobre lo ocurrido o lo que va a ocurrir. En definitiva, la lente con la que observamos todo cuanto acontece a nuestro alrededor. Esta lente personal es, en parte heredada pero especialmente aprendida y, se apoya en el lenguaje pera dictar nuestros actos. Se trata de un discurso interno a través del cual valoramos la realidad, anticipamos lo que nos va a suceder, nos recordamos lo bien o mal que lo pasamos en tal o cual situación. En definitiva, es el conjunto de pensamientos que tenemos sobre nosotros mismos en interacción con la realidad y según sean, más positivos o negativos, así influirá en la visión de nosotros y ello será determinante en el significado que adquiere la siguiente dimensión.
B.- Nuestras Emociones:¿alguna vez nos hemos cuestionado cuál es el origen de nuestras emociones? Cuando estamos nerviosos, preocupados, angustiados, enfadados, etc. normalmente atribuimos a la situación vivida la responsabilidad de nuestro sentir; sin embargo, exceptuando algunas circunstancias, el desencadenante emocional se sitúa en nuestro diálogo interno. Por ello, sugerimos que para saber qué estas sintiendo, analiza qué estás pensando.
C.- Nuestros Actos: esta dimensión agrupa todas aquellas formas de comportamiento que resultan visibles a los ojos de los demás. Lo que hacemos y decimos se configura como nuestra forma de estar en el mundo, a través de la cual, quienes nos observan o se relacionan con nosotros construyen su particular percepción sobre nuestra persona. Es nuestro lado externo.

El hilo conductor de estas tres dimensiones, lo constituye un principio de consonancia relativo al comportamiento humano y que vincula las tres dimensiones de forma armónica. De este modo, si la valoración que formulo acerca de una situación es de amenaza, es muy probable que el sentimiento que se desencadene sea de inseguridad o temor y con ello, de nerviosismo. Desde este planteamiento no será extraño que la actuación que exhibamos finalmente se vea afectada.
Así pues, tomar conciencia de nosotros mismos, supone recorrer un camino hacia nuestro interior, a veces doloroso, pero siempre útil, apasionante y revelador.

3. Pacto de no agresión con uno mismo.

Desarrollar nuestra capacidad de liderazgo, requiere superar numerosos obstáculos y quizás el más importante y retador esté en nosotros mismos. Iniciaremos ese camino de crecimiento, en el momento en que seamos capaces de observar en nuestro interior, capturar las ideas y valoraciones que nos incomodan emocionalmente, cuestionar la validez y solidez de cada pensamiento que nos limita o condiciona negativamente y sustituirlo por una valoración más objetiva y ajustada a la realidad. Si lo logramos, no sólo estaremos contribuyendo a desarrollarnos en el ejercicio del liderazgo, sino que cimentaremos una autoestima fuerte y sólida.

Pilar González Agudo y Magdalena Requena Miranda
Socias Directoras
Itínera

17 octubre, 2016 / Artículos, Noticia

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